May 22, 2026

Cristo, la piedra angular

El Espíritu Santo llena nuestros corazones del fuego del amor de Dios

Archbishop Charles C. Thompson

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos con un mismo objetivo. De repente vino del cielo un ruido como una impetuosa ráfaga de viento, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Entonces quedaron todos llenos de Espíritu Santo y se pusieron a hablar en diversas lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. (Hch 2:1-4)

Este domingo, 24 de mayo, celebramos el día en que Cristo, resucitado de entre los muertos y ascendido al cielo, cumplió su promesa de enviar al Espíritu Santo para llenar los corazones de quienes creen en él con el fuego del amor de Dios.

El Domingo de Pentecostés se considera, con razón, el cumpleaños de la Iglesia. Es el día en que los discípulos de Jesús, temerosos, confundidos e ineficaces, nacieron de nuevo. El Domingo de Pentecostés conmemora el nacimiento de un movimiento que ha transformado el mundo, llevándolo de la esclavitud del pecado y la muerte a una nueva vida y libertad en Cristo.

Cuando nuestro Señor resucitado ascendió al cielo, explicó que su ausencia era necesaria. A menos que regresara a su Padre, no podría enviar al Espíritu Santo para enseñarnos, interceder por nosotros y dotarnos de los dones de la gracia de Dios.

Sin la acción del Espíritu Santo, no podríamos llevar a cabo la misión que nos ha confiado nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Por nuestros propios medios, no podríamos tener el valor, la perseverancia ni la fuerza necesarios para proclamar el Evangelio con nuestras palabras y acciones al mundo entero. En resumen, sin el Espíritu Santo, no habría Iglesia.

¿Quién es el Espíritu Santo? ¿Cómo podemos describir a alguien que es invisible para nosotros? ¿Cómo podemos prepararnos para su llegada a nuestras vidas, especialmente cuando se nos dice que nos cambiará radicalmente, convirtiéndonos en mujeres y hombres nuevos que piensan, sienten y actúan de manera muy diferente a como lo hacíamos antes de su llegada a nuestros corazones?

La Iglesia nos enseña que el Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Como socio en igualdad con el Padre y el Hijo, el Espíritu desempeña un papel vital tanto en la vida terrenal y el ministerio de Jesucristo como en la misión continua de la Iglesia. Las Escrituras presentan al Espíritu Santo como la presencia de Dios que obra activamente en el mundo y en los creyentes.

Es cierto que no podemos ver al Espíritu Santo, pero ciertamente podemos observar los efectos de su presencia en nuestros corazones y en el mundo.

Los Hechos de los Apóstoles describen vívidamente los cambios que el Espíritu Santo obró en las vidas de los seguidores de Jesús. Y los 2,000 años de historia de la Iglesia relatan el poder transformador del Espíritu, que obra en las personas y las comunidades abriendo nuestros corazones y dándonos el poder para hacer cosas extraordinarias en el nombre de Jesús.

El don del Espíritu Santo que Jesús concedió a sus apóstoles después de su resurrección y ascensión fue un momento crucial que dio inicio a la misión de la Iglesia en el mundo. Este don, descrito tanto en Juan 20:22 (donde Jesús resucitado insufla a los apóstoles) como en Hechos 2:1-4 (Pentecostés, cuando el Espíritu se manifiesta en lenguas de fuego), dotó a los apóstoles tanto de dones carismáticos (milagros, sanación, profecía, lenguas) como de dones evangélicos (guía, inspiración, protección), necesarios para el liderazgo, la predicación y el gobierno de la Iglesia.

Nosotros, que buscamos seguir a Jesús como sus discípulos misioneros, tenemos el privilegio de recibir estos mismos dones del Espíritu Santo sacramentalmente (especialmente en el Bautismo, la Confirmación y las Órdenes Sagradas). Nosotros también podemos pasar de ser testigos temerosos y poco entusiastas a ser evangelizadores audaces y valientes, llenos del Espíritu, que vivimos lo que proclamamos y que estamos dispuestos a sacrificarlo todo por el Evangelio.

El Domingo de Pentecostés celebraremos la venida del Espíritu Santo, la Persona divina y dinámica que procede del Padre y del Hijo, y que es enviada por Cristo resucitado para dar fuerza a los apóstoles y a todos nosotros, que formamos la Iglesia.

El Espíritu Santo es el poder de Dios que se manifiesta en nuestro mundo a través de milagros, guía, inspiración, santificación y la presencia continua de Dios que habita en nuestros corazones. Aunque no podemos percibirlo con nuestros sentidos, podemos sentir su presencia en los cambios que se producen en nuestras mentes, corazones y acciones cuando nos abrimos a sus numerosos dones.

Ven, Espíritu Santo. Llena nuestras mentes con tu sabiduría, nuestros corazones con tu compasión y nuestras acciones con tu valiente testimonio de la verdad. ¡Un bendecido Domingo de Pentecostés para todos! †

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