May 8, 2026

Cristo, la piedra angular

Jesús asciende al cielo, pero se mantiene cerca de nosotros

Archbishop Charles C. Thompson

El jueves 14 de mayo es la fecha tradicional para nuestra celebración de la Solemnidad de la Ascensión del Señor, pero como la mayoría de las diócesis de Estados Unidos, la Arquidiócesis de Indianápolis celebrará esta importante solemnidad el domingo 17 de mayo, para que un mayor número de nuestros feligreses participen en esta celebración de la alegría pascual.

La Ascensión es una fiesta gozosa porque nos asegura que Cristo permanece cerca de nosotros incluso mientras asciende al cielo y se sienta a la derecha de su Padre.

El relato de la Ascensión del Señor da inicio a los Hechos de los Apóstoles (Hch 1:1-11) y sirve, con razón, de catalizador de todo lo que sigue, incluido el envío del Espíritu Santo y la aceptación por parte de los discípulos de la comisión recibida de Jesús de ser “[sus] testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la Tierra” (Hch 1:8).

Jesús volvió al cielo para que nosotros, que permanecemos aquí en la Tierra, podamos ser discípulos misioneros fieles y llenos del Espíritu. Su ausencia percibida nos motiva a acercarnos más a él y a ser sus testigos ante nuestros hermanos y hermanas de todo el mundo.

La paradoja de la Ascensión del Señor se refleja en la lectura del Evangelio (Mt 28:16-20):

Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, lo adoraron, si bien algunos dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y estad seguros que yo estaré con vosotros día tras día, hasta el fin del mundo.” (Mt 28:16-20)

Los Apóstoles fueron a Galilea como se les había ordenado. Cuando vieron a Jesús resucitado, al principio no lo reconocieron y se mostraron escépticos. El Señor los tranquilizó con su Divina Presencia, pero también se negó a que se aferraran a él. Tuvieron que dejar de depender de él para que el Espíritu Santo los empoderara a “guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28:20).

Los Apóstoles tuvieron que renunciar a su propio poder para aceptar un Poder Superior: los dones del Espíritu Santo que les permitieron ser evangelizadores audaces y valientes que no dudaron en sufrir y morir por el santo nombre de Jesús.

Jesús deja partir a los discípulos. Les encarga que lleven a cabo su obra en el mundo, pero no los deja huérfanos. Como nos dice san Mateo, les asegura (y a todos nosotros): “Y estad seguros que yo estaré con vosotros día tras día, hasta el fin del mundo” (Mt 28:20).

Esta es la paradoja de la Ascensión: La partida del Señor de la vida terrena le permite estar aún más cerca de nosotros. Hace posible la venida del Espíritu Santo, quien llena nuestros corazones con el fuego del amor de Dios y nos permite decir y hacer cosas que de otro modo no seríamos capaces.

En la segunda lectura de la Ascensión (Ef 1:17-23), san Pablo subraya “la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa” (Ef 1:19). Así como los discípulos tuvieron que dejar de lado toda dependencia de sus propias fuerzas para permitir que el Espíritu Santo los llenara de un poder mayor, nosotros, que servimos como discípulos misioneros de Jesucristo, estamos llamados a creer que en Él tenemos todo lo que necesitamos para llevar a cabo nuestra misión. Tal como reza san Pablo:

Que [Dios] ilumine los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él, cuál la gloriosa riqueza otorgada por él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa. Dios desplegó esta fuerza en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su diestra en los cielos, por encima de todo principado, potestad, virtud, dominación y de todo cuanto tiene nombre, no sólo en este mundo, sino también en el venidero. Sometió todo bajo sus pies y le constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud del que lo llena todo en todo. (Ef 1:18-23)

Al celebrar este fin de semana la Ascensión del Señor, recordemos que Jesús permanece cerca de nosotros—especialmente en la Sagrada Eucaristía—y que, por medio del Espíritu Santo, nos ha dado todo lo que necesitamos para ser sus fieles testigos “hasta los confines de la Tierra.” †

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