Cristo, la piedra angular
Con su vida y obra, san José edificó la familia y la fe
Hoy es 1 de mayo, memorial de san José Obrero. La Iglesia nos recuerda hoy las virtudes comunes, sencillas y humanas del padre putativo de Jesús para ayudarnos a comprender la doctrina social católica fundamental sobre la dignidad de toda persona humana. Todos somos iguales a los ojos de Dios, independientemente de dónde vengamos, de quiénes hayan sido nuestros antepasados, de lo que poseamos o de lo que hayamos logrado a juicio del mundo.
La dignidad humana no se gana; es un don de Dios. Esto es lo que hace que los derechos humanos sean universales: cada persona ha sido creada a imagen y semejanza de Dios, y ningún ser humano merece más dignidad y respeto que otro. Como hijos de Dios y hermanos unos de otros, todos somos igualmente bendecidos con los mismos derechos y responsabilidades.
Es fácil perder de vista esta verdad fundamental. Los seres humanos hacemos constantemente distinciones que son totalmente irrelevantes para Dios. Juzgamos a los demás por el color de su piel, por su educación (o falta de ella), por su condición social o su afiliación política. Menospreciamos a los desconocidos y desprestigiamos a nuestros enemigos Acogemos y respetamos a quienes se nos parecen, hablan y piensan como nosotros, y nos apresuramos a rechazar a quienes son diferentes.
Esta estrechez de mente forma parte de la condición humana, producto del pecado original. Es un desorden que hace que la convivencia y el trabajo en común resulten mucho más difíciles de lo que deberían. Por eso, los seguidores de Jesucristo deben someterse a una profunda conversión de mente y corazón. Los cristianos deben renunciar a sus prejuicios racistas, xenófobos, elitistas y sexistas y aceptar que todos los hijos de Dios son iguales entre sí.
La fiesta de san José Obrero está profundamente vinculada a la doctrina social católica y su defensa de la dignidad del trabajo como elemento fundamental de la dignidad de toda persona. El trabajo es una dimensión intrínseca y digna de la vida humana que refleja el empleo de los dones, el tiempo y los talentos recibidos de Dios para producir bienes y servicios al servicio de la comunidad. Este principio tiene sus raíces en la tradición bíblica y eclesiástica, que abarca la enseñanza del Antiguo Testamento, el ministerio de Jesús, los escritos de san Pablo y el magisterio de la Iglesia. El trabajo no es un mero medio para alcanzar fines materiales, sino parte integrante de la finalidad de la vida, que incorpora dimensiones temporales y espirituales (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 261-266).
La fiesta de san José Obrero destaca el papel de José como artesano fiel que vivió y trabajó con humildad y obediencia, encarnando la dignidad y santidad que la Iglesia atribuye al trabajo. La Iglesia lo honra precisamente porque ejemplifica el valor santificador del trabajo diario y la integración del trabajo con la familia y la fe.
Dado el papel de san José como trabajador y protector de la Sagrada Familia, esta memoria litúrgica simboliza con fuerza el valor intrínseco del trabajo humano. El trabajo está destinado a construir la familia y la sociedad y, en última instancia, a glorificar a Dios. Esta fiesta sitúa la dignidad del trabajo humano dentro del compromiso católico más amplio con la familia, la dignidad humana, la justicia social y el bien común.
De hecho, es trabajando juntos como quienes son distintos descubren que, al fin y al cabo, no lo son tanto. El trabajo bueno y honrado une a las personas tanto en lo individual como en lo comunitario. Por eso la Iglesia nos exhorta a mirar más allá de nuestras diferencias, hacia la verdad universal representada por quien, en palabras del papa san Juan Pablo II,
fue reconocido como un hombre justo, esposo y padre, y un trabajador fiel:
Expresión cotidiana de este amor en la vida de la Familia de Nazaret es el trabajo. El texto evangélico precisa el tipo de trabajo con el que José trataba de asegurar el mantenimiento de la Familia: el de carpintero. Esta simple palabra abarca toda la vida de José. Para Jesús éstos son los años de la vida escondida, de la que habla el evangelista tras el episodio ocurrido en el templo: “Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos” (Lc 2:51). Esta “sumisión,” es decir, la obediencia de Jesús en la casa de Nazaret, es entendida también como participación en el trabajo de José. El que era llamado el “hijo del carpintero” había aprendido el trabajo de su “padre” putativo. [...] Gracias a su banco de trabajo sobre el que ejercía su profesión con Jesús, José acercó el trabajo humano al misterio de la redención. (“Redemptoris Custos,” #22).
Hoy, al venerar la sencilla dignidad de san José Obrero, tengamos presente que simboliza a toda persona humana que, con su trabajo, construye la familia y la sociedad, dando gloria y alabanza a Dios. †