Cristo, la piedra angular
Sintamos la alegría del amor de Dios y de su perdón
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien, por su gran misericordia y mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva. (1 Pt 1:3).
Este domingo celebramos la fiesta de la Divina Misericordia, añadida al calendario litúrgico por san Juan Pablo II para exaltar la inmensa misericordia de Jesucristo. La celebración de la resurrección de Cristo continúa con esta fiesta, que reconoce que el amor y la misericordia de Dios perduran para siempre y superan cualquier pecado que nos separe de él.
En la década de 1930, Jesús se apareció a santa Faustina Kowalska, religiosa polaca, y le encomendó promover su divina misericordia en todo el mundo. San Juan Pablo II canonizó a santa Faustina el 1 de mayo de 2000. Cinco días después, el Vaticano decretó que el segundo domingo de Pascua se llamaría en adelante Domingo de la Divina Misericordia.
Nosotros, como discípulos misioneros de Jesucristo, reconocemos que somos pecadores y que nuestras imperfecciones nos hacen daño a nosotros mismos y a los demás de formas que pueden resultar muy perjudiciales.
En nuestra condición de pecadores, a menudo lastimamos a quienes están más cerca de nosotros: nuestros padres, cónyuges, hijos, amigos, vecinos y compañeros de trabajo. Hacemos promesas que luego no cumplimos; nos aprovechamos de la generosidad de los demás y abusamos de su confianza. Con frecuencia transgredimos los Diez Mandamientos y luego nos preguntamos por qué nos sentimos aislados, infelices y temerosos.
Entonces, tras haber tocado fondo y sentirnos desesperados, imploramos ayuda: “Padre, he pecado contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo.” ¿Y cómo nos responde nuestro Padre celestial? ¡Alegrándose! Celebrando el hecho de que estábamos perdidos y hemos sido hallados; que estábamos muertos y hemos regresado a la vida (Lc 15:11-32). Este es el amor pródigo de Dios, la misericordia y el perdón infinitos que recibimos a través del poder de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.
No tenemos que quedarnos atrapados en nuestros pecados; la cruz de Cristo nos ha redimido. Nuestros pecados han sido perdonados y ahora somos libres. Alegrémonos. No somos perfectos, pero como cristianos bautizados, hemos sido perdonados.
El Señor Resucitado les otorgó a los discípulos el poder de perdonar los pecados, tal como escuchamos en el relato del Evangelio del Domingo de la Divina Misericordia (Jn 20:19-31):
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, los discípulos tenían cerradas las puertas del lugar donde se encontraban, pues tenían miedo a los judíos. Entonces se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.” Dicho esto, sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.” (Jn 20:19-23).
El nuestro es un Dios que perdona, que tarda en enojarse y es rico en misericordia. Este es uno de los principales motivos por el cual nos alegramos durante la temporada de la Pascua. Nuestra experiencia reciente durante la Cuaresma y el triduo pascual ha enfocado nuestra atención en el poder y la inmensidad del amor de Dios por nosotros. Estamos muy conscientes de lo que nuestro Dios misericordioso está dispuesto a hacer para redimirnos de nuestro propio egoísmo y del pecado.
No existe una alegría más grande que aquella que emana de sentir un amor misericordioso. (En hebreo existe una palabra para designar el “amor misericordioso”: hesed, que alude a la misericordia infinita y amorosa de Dios.)
Esto es lo que siente el padre en la Parábola del hijo pródigo cuando su hijo, perdido por tanto tiempo, regresa a casa. Ciertamente es lo que siente el hijo que se había perdido cuando su padre lo recibe con semejante amor y misericordia. Y es precisamente lo que se le invita y se le desafía a sentir al hijo mayor, para que pueda superar su ira y su resentimiento y aprender a compartir la alegría de su padre.
Durante esta época de Pascua se nos invita y se nos desafía a vivir y sentir el amor y el perdón de Dios.
Sí, somos pecadores, personas imperfectas que nos lastimamos a nosotros mismos y a los demás; sí, muy a menudo derrochamos los dones que Dios nos ha dado y nos sentimos resentidos y enojados cuando deberíamos estar profundamente agradecidos por todo lo que Dios nos ha dado.
No somos perfectos, pero nos han perdonado. Agradezcamos a Dios por su infinita misericordia. Alegrémonos y regocijémonos en este tiempo de Pascua porque el Señor ha resucitado y nuestros pecados han sido perdonados. †