March 20, 2026

Cristo, la piedra angular

Que el Espíritu de Dios habite en nosotros y nos conduzca a la vida eterna

Archbishop Charles C. Thompson

[Jesús] gritó con fuerte voz: “¡Lázaro, sal afuera!” El muerto salió, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dijo: “Desatadlo y dejadle andar.” (Jn 11:43-44)

Jesús es la resurrección y la vida. Quien crea en él, aunque muera, vivirá. Este es un gran misterio: cada uno de nosotros morirá. No podemos escapar de esta verdad esencial. Y, sin embargo, nuestra fe nos asegura que, como afirma san Pablo en la segunda lectura del quinto domingo de Cuaresma (Rom 8:8-11), si el Espíritu de Dios habita en nosotros, viviremos para siempre.

Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios; somos a la vez carne y espíritu. Llevamos en nosotros la capacidad de la vida eterna. Profesamos esta creencia cada vez que recitamos el Credo y decimos: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.”

El gran milagro que obró Jesús en Betania, el hogar de sus amigos María, Marta y Lázaro, ilustra la verdad de esta profunda y a la vez desafiante afirmación de Jesús: “Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11:25).

La muerte existe, pero ha perdido su poder. El Dios Trino—Padre, Hijo y Espíritu Santo—es infinitamente más poderoso que la muerte. El relato de Lázaro, que se proclama en el Evangelio del quinto domingo de Cuaresma (Jn 11:1-45), nos ilumina sobre esta verdad.

Cuando se entera por primera vez del estado de Lázaro, Jesús dice: “Esta enfermedad no es de muerte; es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (Jn 11:4). Esto se aplica a todas las enfermedades y a todas las formas de sufrimiento humano. La gloria de Dios supera todo mal, incluida la tragedia de la muerte.

El Evangelio nos dice que, efectivamente, Lázaro sucumbe a la muerte. Cuando Jesús llega, cuatro días después, su amigo ya ha sido amortajado, atado de pies y manos con vendas funerarias y envuelto en un sudario. Según toda lógica terrenal, Lázaro está muerto y no volverá a la vida.

Pero Jesús no se rige por las leyes de la naturaleza humana. Su compasión como hombre y como amigo es ilimitada, y su poder como Segunda Persona de la Santísima Trinidad trasciende todo sufrimiento y toda muerte. San Juan describe el intenso intercambio entre Jesús y su amiga Marta:

Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María se quedó en casa. Dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que Dios te concederá cuanto le pidas.” Jesús replicó: “Tu hermano resucitará.” Le respondió Marta: “Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día.” Jesús le respondió: “Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?” Respondió ella: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo.” (Jn 11:20-27)

Jesús es coherente. Lázaro resucitará, y no simplemente en “el último día.” Para dar gloria a Dios y reafirmar la identidad de Jesús como Hijo de Dios, el hermano de Marta y María será liberado de las ataduras de la muerte; no de manera permanente, sino temporal. Durante el resto de su vida terrenal, Lázaro será un signo vivo de que Jesús es la resurrección y la vida, y de que todo el que cree en él vivirá.

Jesús realiza este gran milagro en comunión con su Padre celestial. De pie ante la tumba de su amigo, con los ojos bañados en lágrimas, exclama: “Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Bien sé que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por éstos que me rodean, para que crean que tú me has enviado” (Jn 11:41-42).

Todos los milagros de Jesús se realizan para dar gloria a Dios y fortalecer nuestra fe. Por eso concluye el Evangelio de san Juan: “Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él” (Jn 11:45).

La Cuaresma es un tiempo para prepararnos una vez más para el mayor milagro de todos: la resurrección de Jesús de entre los muertos. Aprovechemos este tiempo santo para fortalecer nuestra fe en el poder de Dios, que vence el sufrimiento y la muerte y nos conduce a todos a la vida eterna. †

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