February 20, 2026

Cristo, la piedra angular

La obediencia es la clave de la libertad y la alegría

Archbishop Charles C. Thompson

Por tanto, así como un solo pecado causó la condenación de todos, también un solo acto de justicia produjo la justificación que da vida a todos. (Rom 5:18).

A veces, la Cuaresma se presenta como una época sombría. Este es un malentendido fundamental de este tiempo penitencial.

Es cierto que durante la Cuaresma prestamos especial atención a las disciplinas de la oración, el ayuno y la limosna, pero nuestro objetivo no es hacer énfasis en los aspectos negativos de la vida sino, más bien, prepararnos para la alegría que vendrá cuando el pecado y la muerte sean vencidos por “un acto de justicia”: el sacrificio de Jesús en la Cruz.

La Cuaresma es un tiempo en el que nos disciplinamos. Esto es análogo al entrenamiento de primavera o a un ensayo riguroso previo a un acontecimiento importante. Durante la Cuaresma, nos preparamos espiritualmente y entrenamos nuestras mentes, corazones y cuerpos para vivir como Cristo vivió: desinteresadamente, al servicio amoroso de los demás.

La lectura del Evangelio del primer domingo de Cuaresma (Mt 4:1-11) relata la historia de las tentaciones de Jesús a manos de Satanás. Es interesante señalar que san Mateo dice que el Espíritu guió a Jesús al desierto para que el diablo lo tentara. Ayunó durante 40 días y 40 noches, y después tuvo hambre. El diablo intenta aprovecharse de su condición debilitada, pero no lo consigue. Jesús permanece fiel a su misión, que es hacer la voluntad de su Padre cueste lo que le cueste. Su experiencia en el desierto es un poderoso presagio de la obediencia hasta la muerte que traerá nuestra salvación.

La segunda lectura del primer domingo de Cuaresma (Rom 5:12-19) nos recuerda que el pecado y la muerte entraron en el mundo por la desobediencia de Adán, y que la decisión libre de nuestros primeros padres de hacer lo que Dios había prohibido tuvo consecuencias nefastas para ellos y para toda la raza humana.

San Pablo nos enseña que la única forma de superar los efectos de esta fatídica desobediencia fue mediante un acto de obediencia justa realizado por el Hijo único de Dios frente a la tentación demasiado humana de dejar de lado su misión y hacer lo que era cómodo en lugar de sacrificarse por nosotros en la Cruz.

Las tentaciones que nos describe el Evangelio de este domingo muestran a Satanás intentando convencer a Jesús de que ceda a su hambre y debilidad, de que se aproveche de su identidad única como Hijo de Dios y de que traicione su íntima relación con el Único Dios que merece ser adorado.

Al negarse a aceptar las mentiras que Satanás cuenta sobre sí mismo y sobre el mundo que pretende controlar, Jesús se prepara para las tentaciones aún mayores que vendrán en el huerto de Getsemaní y en la Cruz. Jesús resiste todas las tentaciones—en el desierto y durante su pasión y muerte—de abandonar su compromiso con la misión redentora que le encomendó su Padre. Este “acto de justicia” es lo que vence definitivamente los horrores del pecado y de la muerte.

Como nos dice san Pablo, la obediencia de Jesús a la voluntad de su Padre—y a su misión redentora—es lo que nos hizo libres. “Porque así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron hechos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos serán hechos justos” (Rm 5:19).

La obediencia, pues, es la clave de la libertad y la alegría. Es el acto de entrega desinteresada de Jesús por el bien de los demás lo que rompe la prisión a la que nos condenó el pecado original de Adán. San Pablo escribe que: “Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron” (Rm 5:12).

Como descubrimos en la primera lectura del domingo (Gn 2:7-9; 3:1-7), nuestra condición pecaminosa comenzó con un acto de desobediencia. Nuestros primeros padres eligieron hacer su propia voluntad en lugar de cumplir con la voluntad de Dios. Su acto de desacato profundamente egocéntrico creó una enorme brecha en el orden del universo, tras la cual, nada era como Dios quería que fuese. Únicamente un acto igualmente poderoso de abnegada conformidad con la voluntad de Dios podría devolver la cordura al mundo y a las personas que lo ocupan.

La Cuaresma celebra esta gran verdad de nuestra redención. Es cierto que aprovechamos este tiempo santo del año para disciplinarnos espiritual y físicamente, pero lo hacemos anticipando positivamente la alegría que recibiremos en la gran fiesta de la Pascua.

Por lo tanto: estemos alegres, no tristes, mientras rezamos, ayunamos y damos limosna durante la Cuaresma. “Porque así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron hechos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos serán hechos justos” (Rm 5:19). †

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