Cristo, la piedra angular
El reto de Jesús para nosotros: superar los mandamientos
La mayoría de nosotros somos buenas personas: obedecemos las normas y nos esforzamos por rectamente. Creemos saber lo que Dios espera de nosotros y, aunque a veces fallamos en ser más amables o sinceros, en general consideramos que cumplimos.
Sin embargo, Jesús nos pide más … mucho más. Nos llama a la santidad y a la perfección. Es verdad que el Señor es misericordioso, que comprende y perdona nuestras debilidades y nuestros pecados, pero nunca es complaciente. No se conforma con una bondad ordinaria. Quiere que sigamos las reglas, que cumplamos los mandamientos, pero no se contenta con la justicia ordinaria.
Como descubrió el joven rico (cf. Mateo 19, Marcos 10 y Lucas 18), ser “perfectos” implica un compromiso radical: estar dispuestos a dejarlo todo y seguir a Jesús sin calcular el costo.
Las lecturas bíblicas del sexto domingo del tiempo ordinario centran nuestra atención en los mandamientos de Dios. La primera lectura (Eclo 15:15-20) nos dice que somos libres de elegir entre la vida y la muerte, el bien y el mal:
Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad. Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras. Ante los hombres está la vida y la muerte, a cada uno se le dará lo que prefiera. (Eclo 15:15-17)
La salvación se encuentra en la libre elección de vivir según los mandamientos de Dios. Él nunca nos obliga: nos invita a vivir rectamente o a afrontar las consecuencias de nuestras decisiones. “Qué grande es la sabiduría del Señor”—nos dice el Eclesiástico—“fuerte es su poder y todo lo ve” (Eclo 15:18).
El Señor nos conoce y nos ve incluso en lo secreto. Comprende nuestras fuerzas y debilidades, nuestras obras justas y nuestros pecados. Y, aun así, nos llama a ser mejores de lo que somos. Nos desafía a no conformarnos nunca con lo suficiente, cuando estamos llamados a aspirar a la perfección de nuestro Padre celestial (cf. Mt 5:48).
La segunda lectura tomada de la primera carta de san Pablo a los Corintios, nos habla de la sabiduría de Dios, oculta y misteriosa, que se nos revela plenamente en las enseñanzas y la persona de Jesucristo. Las enseñanzas del Antiguo Testamento, al igual que las de otras grandes religiones y corrientes filosóficas, nos orientan sobre cómo ser buenos y cómo vivir de forma que nos haga mejores personas, pero no cómo ser perfectos.
La sola idea de que podamos alcanzar la perfección resulta escandalosa. Decimos con facilidad: “Nadie es perfecto.” Y, sin embargo, Jesús no duda en exigirnos que superemos nuestras propias expectativas y las de los demás. Nos llama a ser lo mejor que podemos ser, especialmente en lo moral y lo espiritual.
La lectura del Evangelio de este domingo (Mt 5:17-37) nos recuerda la enseñanza de Jesús de que “todo el que infrinja uno solo de estos mandamientos, por pequeño que sea, y enseñe a otros a hacer lo mismo, será considerado el más pequeño en el reino de los cielos” (Mt 5:19). A primera vista, parece una norma imposible de cumplir; incluso la más mínima falta de cualquiera de los mandamientos “por pequeño que sea,” parecería bastar para excluirnos. No obstante, el Señor nos exige más.
El Evangelio del domingo nos dice que Jesús no se conforma con lo que podría llamarse “moral convencional.” Exhorta a sus discípulos—y a cada uno de nosotros—a ir más allá:
Ustedes han oído que se dijo a sus antepasados: “No mates”. También se les dijo que todo el que mate quedará sujeto al juicio del tribunal. Pero yo digo que todo el que se enoje con su hermano quedará sujeto al juicio del tribunal. (Mt 5:21-22)
Sin sugerir en ningún momento que se dejen de lado las premisas básicas de los mandamientos tradicionales, Jesús nos desafía a profundizar en el significado de estos preceptos morales y a encontrar en ellos modos de vida que trasciendan la bondad ordinaria.
“Porque les digo a ustedes que no van a entrar en el reino de los cielos a menos que su justicia supere la de los fariseos y la de los maestros de la Ley” (Mt 5:20), a menos que seamos santos y obedezcamos los mandamientos en mente y corazón, así como también en acciones externas, jamás seremos tan perfectos como Dios espera que seamos.
Esto es mucho pedir; incluso los más grandes santos han luchado con este llamado a la perfección. Pero el Señor nos concede la gracia necesaria para vivir en santidad y, cuando fallamos, está presto a perdonarnos, nos levanta y nos invita a comenzar de nuevo.
Pidamos a Jesús que nos ayude a buscar la perfección en la vida cotidiana y a seguirlo con fidelidad, viviendo vidas santas que superen con creces lo que nosotros mismos—y los demás—esperamos. †