February 6, 2026

Cristo, la piedra angular

Que la luz de Cristo en nosotros brille para los demás

Archbishop Charles C. Thompson

Yo soy la luz del mundo, Quien me siga tendrá la luz de la vida. (Jn 8:12)

Las lecturas del quinto domingo del tiempo ordinario contrastan la luz de Cristo con las tinieblas que nos rodean en el mundo.

En la primera lectura (Is 58:7-10), el profeta Isaías conecta lo que llamaríamos obras de justicia y misericordia con una experiencia espiritual iluminada, de la siguiente forma:

Si quitas de en medio de ti el yugo, el amenazar con el dedo y el hablar iniquidad, y si te ofreces a ayudar al hambriento, y sacias el deseo del afligido, entonces surgirá tu luz en las tinieblas, y tu oscuridad será como el mediodía. (Is 58:7-10)

Si respondemos generosamente a las necesidades de nuestros hermanos, sin buscar ninguna recompensa para nosotros mismos, la luz de Cristo brillará a través de nosotros y el resultado será la curación y la esperanza para quienes padezcan algún sufrimiento material o espiritual. Cualquier duda personal o depresión (“tinieblas u oscuridad”) que pudiéramos sentir en nuestra vida cotidiana se disipará con la luz de pleno día llena de esperanza que irradian esas acciones nuestras en las que imitamos a Cristo.

La antífona del salmo responsorial del domingo (Sal 112) prosigue con este tema. “El justo brilla como una luz en las tinieblas.” Y así, rezamos: “En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo.” El salmo continúa: “Su corazón está seguro, sin temor, reparte limosna a los pobres, su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad.”

La bondad brilla, y la gloria del Señor se revela, allí donde la justicia y la misericordia superan los atributos negativos de la inequidad, la falta de amabilidad, la intolerancia y el egocentrismo. El mal es oscuridad y tinieblas persistentes, pero puede superarse mediante una infusión de la luz de bondad y verdad de Cristo.

En la segunda lectura del quinto domingo del tiempo ordinario (1 Cor 2:1-5), san Pablo dice a la Iglesia de Corinto que su propia luz—sus habilidades personales, talentos y capacidades intelectuales—no está a la altura de la tarea que se le ha encomendado.

Yo mismo, hermanos, cuando fui a anunciarles el misterio de Dios, no lo hice con gran elocuencia y sabiduría. Me decidí más bien, estando entre ustedes, a no saber de cosa alguna, excepto de Jesucristo y de este crucificado. (1 Cor 2:1-2)

Para proclamar eficazmente el misterio de Dios, se necesita otro tipo de poder. Ninguna retórica humana o persuasión ingeniosa es suficiente para iluminar las mentes y los corazones de quienes caminan en la oscuridad. Como resultado, san Pablo insiste en que:

Estuve entre ustedes con debilidad y con temor y mucho temblor, y mi mensaje y mi predicación no fueron con palabras persuasivas de sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que la fe de ustedes no descanse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. (1 Cor 2:3-5)

¿Qué es esta “demostración del Espíritu y de poder” sino la luz de Cristo que brilla a través de san Pablo? Pablo fue el más grande de los discípulos misioneros, un evangelista cuyas palabras y testimonio de fe han seguido iluminando y elevando las mentes y los corazones del pueblo de Dios a lo largo de los siglos.

Con sus palabras y su ejemplo se reafirma la lectura del Evangelio de este domingo (Mt 5:13-16):

Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una montaña no puede esconderse. Tampoco se enciende una lámpara para cubrirla con una vasija. Por el contrario, se pone en el candelero para que alumbre a todos los que están en la casa. Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben a su Padre que está en los cielos. (Mt 5:14-16).

Cada cristiano bautizado, independientemente de la etapa de la vida en la que se encuentre, está llamado a ofrecer el mismo tipo de discipulado misionero que san Pablo y todos los santos que han dado testimonio de Cristo.

A todos se nos pide que seamos portadores de la luz de Cristo para que brille intensamente en la oscuridad del mundo. Esto no lo logramos por nuestra propia sabiduría o poder, sino al permitir que la gracia de Dios brille en nosotros y a través de nosotros de la forma más sencilla pero a la vez poderosa.

Cuando nos tomamos a pecho las palabras de Isaías, cuando resistimos toda forma de opresión, cuando nos negamos a participar en chismes malintencionados, cuando damos de comer al hambriento y satisfacemos las necesidades temporales de nuestros hermanos y hermanas, entonces la luz de Cristo brilla en nosotros y disipa las tinieblas del mundo que nos rodea.

Que Cristo, nuestra luz, brille siempre en nosotros. Que nuestras palabras y acciones revelen verdaderamente la luz divina. Y que solo Dios sea alabado como la verdadera fuente de bondad, poder y gloria celestial. †

Local site Links: